La Herida Patrimonial: Cuando el prestigio sustituye al conocimiento
Este ensayo cuestiona la ética profesional que permite que el prestigio mediático sustituya al conocimiento técnico, y plantea preguntas urgentes sobre nuestra responsabilidad con el patrimonio edificado.
Benjamín Rojas
12/10/20258 min read


Una crítica necesaria sobre las intervenciones contemporáneas en edificios históricos
Quienes trabajamos en el campo del diseño y la arquitectura hemos presenciado con creciente preocupación una práctica que se ha normalizado peligrosamente en nuestros centros históricos: la contratación de despachos arquitectónicos de renombre para intervenir edificios patrimoniales, sin que estos cuenten con la formación especializada en restauración e intervención arquitectónica que tales proyectos demandan.
Esta reflexión surgió de dos conversaciones que marcaron profundamente mi perspectiva: una plática con la Maestra en Restauración Selene Velázquez durante la presentación de su libro en Monterrey, donde compartió las complejidades y desafíos éticos de intervenir el patrimonio edificado con el rigor que merece, y una cena con el Doctor Aurelio Sánchez Suárez en Yucatán, donde discutimos la desaparición sistemática de los saberes constructivos tradicionales. Ambos encuentros revelaron una problemática urgente que la academia y la profesión arquitectónica parecen ignorar deliberadamente. Esta reflexión crítica busca cuestionar no solo la práctica profesional, sino también la complicidad académica que la perpetúa.
El problema de origen: confundir fama con competencia
En las últimas dos décadas hemos visto proliferar intervenciones en edificios históricos de Mérida, Monterrey, Oaxaca y otras ciudades con patrimonio significativo, ejecutadas por despachos cuyo prestigio se fundamenta en arquitectura contemporánea, no en la comprensión profunda de los sistemas constructivos tradicionales, el análisis de capas materiales o los criterios internacionales de restauración establecidos en las Cartas de Venecia, Burra o el Documento de Nara. Cuando arquitectos sin formación en restauración intervienen estos espacios, las consecuencias trascienden lo material: no solo modifican muros, borran memorias, interrumpen saberes y fragmentan identidades colectivas. La restauración arquitectónica no es una cuestión de estilo o tendencia, sino de comprensión histórica, rigor metodológico y respeto profundo por las capas temporales que constituyen un edificio.
La seducción del contraste: cuando la intervención se convierte en protagonismo
Uno de los argumentos más recurrentes en estos proyectos es el del "diálogo contemporáneo" con lo histórico. Se nos vende la idea de que insertar volúmenes de concreto aparente, acero o cristal en estructuras coloniales o del siglo XIX genera una "conversación entre épocas". Lo que realmente sucede, con demasiada frecuencia, es una imposición: la nueva intervención no dialoga, grita. No complementa, compite. No restaura, exhibe.
Esta tendencia, revela una falta fundamental de comprensión sobre lo que significa intervenir el patrimonio. Como señala la Maestra Velázquez en sus investigaciones sobre el Templo de Nuestra Señora de los Dolores y la Casa del Campesino en Monterrey, cada edificio histórico contiene hallazgos que aportan nueva visión sobre la arquitectura regional. Pero estos hallazgos solo son posibles cuando la intervención se realiza con la paciencia, metodología y sensibilidad que caracterizan la verdadera restauración.
El Doctor Sánchez Suárez ha advertido sobre la subvaloración del patrimonio moderno y vernáculo, señalando cómo la propuesta de centros históricos "esencialmente coloniales" ha acelerado la destrucción de capas patrimoniales igualmente valiosas. Cuando despachos sin formación en restauración intervienen estos espacios, perpetúan precisamente esta visión fragmentada del patrimonio: privilegian lo monumental sobre lo cotidiano, lo espectacular sobre lo significativo, la firma del autor sobre la memoria colectiva.
El silencio cómplice de la academia
Aquí llegamos al punto más delicado y quizás más urgente de esta reflexión: la responsabilidad de las escuelas de arquitectura. ¿Cómo es posible que estudiantes de arquitectura completen sus estudios sin una formación básica en teoría de la restauración, sistemas constructivos tradicionales o criterios de intervención patrimonial? ¿Por qué las universidades continúan celebrando como casos de éxito intervenciones que violan principios fundamentales?
La academia mexicana ha sido cómplice de esta práctica al:
Minimizar o eliminar contenidos sobre restauración patrimonial de los planes de estudio de arquitectura, privilegiando el diseño contemporáneo como única forma válida de expresión arquitectónica.
Celebrar acríticamente intervenciones problemáticas cuando son realizadas por figuras reconocidas, enseñando implícitamente que el prestigio del despacho es más importante que el rigor metodológico.
No establecer vínculos obligatorios entre las escuelas de arquitectura y los programas especializados en restauración, perpetuando la idea de que cualquier arquitecto puede intervenir patrimonio sin formación adicional.
Invisibilizar el trabajo de especialistas como la Maestra Velázquez o el Dr. Sánchez Suárez, cuyas investigaciones deberían ser lectura obligatoria en cualquier programa de arquitectura que pretenda formar profesionales integrales.
La Maestra Velázquez ha señalado un problema adicional: el uso de materiales importados en restauraciones que impactan negativamente la huella de carbono y desatienden la lógica de los materiales regionales. Cuando estudiantes de arquitectura observan que despachos prestigiosos pueden ignorar estos principios básicos de sostenibilidad y pertinencia contextual sin consecuencias, aprenden que estas consideraciones son opcionales, no fundamentales.
La pérdida irreparable: más allá de la estética
Cuando un edificio histórico es intervenido sin el conocimiento especializado necesario, las pérdidas son múltiples y a menudo irreversibles:
Pérdida material: Técnicas constructivas tradicionales (muchas de ellas más sostenibles y apropiadas climáticamente que las contemporáneas) son sustituidas por sistemas constructivos estandarizados que ignoran las condiciones específicas del edificio.
Pérdida documental: La ausencia de metodologías rigurosas de registro y análisis de capas históricas significa que información histórica valiosa se destruye durante la intervención, sin que siquiera se documente lo que existía.
Pérdida de saberes: Como documenta el Dr. Sánchez Suárez en sus investigaciones sobre los saberes constructivos tradicionales, cada edificio es un repositorio de conocimiento técnico. Su intervención inadecuada no solo afecta el objeto arquitectónico, sino la transmisión intergeneracional de estos saberes.
Pérdida de autenticidad: En el afán de generar propuestas "contemporáneas", se sacrifica la autenticidad material y constructiva del edificio, un valor fundamental de restauración.
Pérdida comunitaria: Los edificios históricos son parte de la memoria colectiva. Su transformación radical genera desplazamiento simbólico: las comunidades dejan de reconocerse en espacios que fueron suyos.
El problema de la certificación: todos pueden, nadie debería
En México, cualquier arquitecto con cédula profesional puede ejecutar proyectos en edificios históricos. El INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) supervisa monumentos catalogados, pero su control es limitado frente a la cantidad de patrimonio edificado en el país.
Esta falta de regulación permite que despachos sin la formación específica necesaria accedan a estos proyectos, a menudo respaldados por clientes institucionales o privados que priorizan el prestigio mediático del despacho sobre su competencia técnica en restauración.
La Maestra Velázquez ha demostrado, a través de sus múltiples reconocimientos y el rigor de su práctica profesional, que la especialización es fundamental. Su trabajo en el Templo de Nuestra Señora de los Dolores requirió conocimientos específicos sobre policromía a la cal, sistemas constructivos de sillares de caliche y ladrillos de milpa, y metodologías de intervención que respetan las diferentes capas históricas del edificio. Este nivel de especialización no se improvisa ni se compensa con talento en diseño contemporáneo.
El caso de los centros históricos: laboratorios de experimentación
Mérida, Monterrey, Oaxaca, Puebla, Querétaro y decenas de ciudades mexicanas con centros históricos están experimentando transformaciones aceleradas. Edificios catalogados se convierten en hoteles boutique, restaurantes conceptuales o galerías de arte. La transformación excluyente va de la mano con intervenciones arquitectónicas que realizan transformaciones que priorizan el consumo cultural sobre la preservación patrimonial.
El Dr. Sánchez Suárez ha documentado cómo en Campeche, por ejemplo, la propuesta de un centro histórico "esencialmente colonial" aceleró la destrucción del patrimonio moderno, evidenciando que ciertas narrativas oficiales del pasado pueden ser tan destructivas como el abandono. Cuando despachos sin formación en restauración reciben estos encargos, carecen de las herramientas teóricas para cuestionar las premisas del proyecto mismo.
Cuestionamientos necesarios: hacia una práctica más ética
Esta reflexión no pretende desacreditar a los despachos de arquitectura contemporánea ni negar su valor en contextos apropiados. Sin embargo, es urgente plantear algunas preguntas incómodas:
Sobre la práctica profesional:
¿Es ético que un despacho acepte un proyecto de restauración o intervención en edificio histórico sin contar con especialistas formados en restauración arquitectónica en su equipo?
¿Por qué tantos despachos prestigiosos consideran que su capacidad de diseño contemporáneo los habilita automáticamente para intervenir patrimonio?
¿Dónde está el límite entre una intervención respetuosa y una imposición formal que utiliza el edificio histórico como lienzo para el lucimiento del arquitecto?
Sobre los clientes y las instituciones:
¿Por qué instituciones culturales y organismos de protección patrimonial continúan contratando despachos sin la formación especializada necesaria?
¿Es el prestigio mediático del despacho más importante que la preservación adecuada del patrimonio?
Sobre la academia:
¿Por qué las escuelas de arquitectura no incluyen formación obligatoria en teoría de la restauración y sistemas constructivos tradicionales?
¿Por qué la academia celebra intervenciones problemáticas cuando son realizadas por despachos reconocidos, en lugar de someterlas a análisis crítico?
¿Qué mensaje enviamos a los estudiantes cuando les mostramos que el prestigio puede sustituir al conocimiento especializado?
Sobre el patrimonio vernáculo:
¿Por qué el patrimonio monumental recibe más atención que la arquitectura vernácula, cuando esta última representa sistemas constructivos sostenibles y saberes culturales igualmente valiosos?
¿Cómo se puede proteger el conocimiento tradicional sobre sistemas constructivos cuando las intervenciones lo borran sistemáticamente?
¿Qué responsabilidad tienen los arquitectos en la preservación no solo de los edificios, sino de los saberes que estos contienen?
Conclusión: por una restauración consciente y ética
La restauración arquitectónica es una disciplina compleja que requiere formación específica, comprensión histórica profunda, conocimiento de sistemas constructivos tradicionales, dominio de metodologías de análisis estratigráfico y, sobre todo, humildad para reconocer que no basta con ser un buen arquitecto contemporáneo para intervenir adecuadamente el patrimonio.
Las investigaciones del Dr. Aurelio Sánchez Suárez sobre la cosmogonía constructiva maya y los estudios de la Maestra en Restauración Selene Velázquez sobre la arquitectura vernácula del noreste nos recuerdan que los edificios históricos no son solo objetos arquitectónicos: son repositorios de conocimiento, memorias materializadas y vínculos con formas de habitar el mundo que merecen ser comprendidas, no simplemente reinterpretadas según modas contemporáneas.
Es momento de que la profesión arquitectónica en México asuma una postura más ética y responsable frente al patrimonio. Esto implica:
Que los despachos reconozcan los límites de su competencia y rechacen proyectos para los que no están adecuadamente formados.
Que las instituciones prioricen la competencia especializada sobre el prestigio mediático al contratar proyectos de restauración.
Que la academia integre la formación en restauración patrimonial como componente fundamental de cualquier programa de arquitectura.
Que se establezcan mecanismos de certificación que garanticen que quienes intervienen patrimonio cuentan con la formación necesaria.
Que se visibilice y valore el trabajo de especialistas que han dedicado décadas a comprender la complejidad del patrimonio edificado.
Los edificios históricos de nuestros centros históricos no necesitan arquitectos famosos que los conviertan en piezas de portfolio. Necesitan profesionales formados que comprendan que restaurar es, ante todo, un acto de responsabilidad cultural, rigor metodológico y profundo respeto por lo que nos precede.
Un patrimonio intervenido inadecuadamente no se restaura: se reemplaza. Y lo que se pierde en ese reemplazo (los saberes, las memorias, las técnicas) es irrecuperable. Esta no es una reflexión contra la arquitectura contemporánea, sino un llamado urgente a reconocer que el patrimonio requiere conocimientos específicos que no se obtienen por talento o reconocimiento, sino por formación rigurosa y práctica especializada.
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