La buena vibra como nueva forma de colonización

Los festivales y retiros espirituales y ecológicos prometen transformación, pero replican exclusión y elitismo, y suelen apropiarse de saberes indígenas sin generar cambios duraderos.

Benjamín Rojas

10/10/20252 min read

En los últimos años han proliferado encuentros que buscan conjugar lo espiritual, lo ecológico y lo tecnológico bajo la promesa de una regeneración integral de la vida. No se trata de simples conferencias ni de festivales de entretenimiento, sino de híbridos que combinan prácticas rituales, dinámicas comunitarias y discursos de innovación social. Estos espacios se presentan como plataformas experimentales donde los asistentes dejan de ser espectadores pasivos para convertirse en protagonistas de procesos colectivos de aprendizaje y creación. Sin embargo, más allá de la estética transformadora y del lenguaje esperanzador, resulta necesario cuestionar sus contradicciones y limitaciones.

El discurso de apertura universal suele chocar con la realidad de un acceso restringido. Aunque se habla de comunidad, pertenencia y diversidad, los altos costos de participación y la complejidad conceptual de los temas tratados (economías regenerativas, tecnologías blockchain, biorregionalismo, entre otros) generan un filtro cultural que excluye a sectores populares o a quienes carecen de un capital simbólico previo. En la práctica, estas experiencias están dirigidas a nómadas digitales, emprendedores alternativos y artistas con cierta formación, reproduciendo así un elitismo disfrazado de inclusividad.

La narrativa insiste en la urgencia de transformar sistemas económicos y sociales, pero las actividades giran mayoritariamente en torno a rituales, performances artísticos, meditaciones y dinámicas sensoriales. Aunque estas prácticas pueden ser valiosas para la reconexión personal y colectiva, rara vez se traducen en proyectos sostenibles, políticas comunitarias o redes duraderas de colaboración. La transformación prometida corre el riesgo de agotarse en el plano vivencial, sin dejar huella más allá del recuerdo individual.

Otra tensión evidente surge en la economía del evento. Se promueve un discurso de abundancia, solidaridad y poscrecimiento, pero la estructura de costos termina replicando lógicas de mercado propias del turismo de élite. Transporte, alojamiento en formato glamping, renta de equipo y alimentos se convierten en gastos adicionales que restringen la participación a un público privilegiado. Así, lo que se anuncia como un modelo alternativo de convivencia termina funcionando como un producto cultural exclusivo e inaccesible para la mayoría.

Un aspecto delicado es el uso de saberes, símbolos y rituales vinculados a pueblos originarios. Aunque se los invoca como fuente de inspiración, no siempre queda claro si existe una participación activa de estas comunidades ni si reciben una retribución justa. La espiritualidad se convierte en experiencia consumible, separada de su contexto cultural y social, lo que puede derivar en una trivialización de tradiciones que en sus lugares de origen poseen un profundo arraigo histórico y comunitario.

Estos encuentros encarnan un doble filo: por un lado, inspiran al ofrecer espacios de convivencia, imaginación colectiva y búsqueda de alternativas; por otro, reproducen dinámicas extractivas y elitistas bajo un manto de buena vibra y regeneración. La paradoja reside en que, mientras proclaman un nuevo paradigma, perpetúan viejas lógicas de exclusión, consumo y apropiación simbólica.

Por ello, más que rechazar estas iniciativas, la crítica invita a repensarlas: ¿cómo garantizar que la inclusión sea real y no solo estética?, ¿cómo traducir la experiencia ritual en acción transformadora?, ¿y cómo honrar los saberes ancestrales sin convertirlos en mercancía espiritual? Solo enfrentando estas preguntas podrán estos festivales dejar de ser una “colonización amable” y convertirse en auténticos espacios de cambio.