La arquitectura que se olvida de vivir

Sobre el ego, el contexto y la diferencia entre diseñar para habitar o para ser admirado.

Benjamín Rojas

5/6/20263 min read

Hay una trampa elegante en la formación del arquitecto: te enseñan a admirar antes de enseñarte a escuchar. Los referentes llegan antes que los habitantes. Zaha Hadid, Thom Mayne, Koolhaas, nombres antes que personas, formas antes que vida cotidiana. Y entonces el ego entra disfrazado de lenguaje estético.

No es casualidad que a ciertos arquitectos famosos se les llame starchitects. La estrella no es el edificio. Es el autor. La obra se convierte en firma, en carta de presentación para otros arquitectos, para revistas, para premios. El problema no es que esas obras sean malas — muchas son extraordinarias en términos de innovación formal. El problema es para quién fueron concebidas. Si el primer interlocutor imaginario de un proyecto es el jurado de un premio o el editor de una revista, el habitante real llega tarde, casi como inconveniente.

Y el habitante real tiene otras preguntas. ¿Dónde pongo mis zapatos? ¿Hay sombra en la tarde? ¿El techo retiene el calor? ¿Puedo pagarlo? Preguntas que no caben en un render de concurso.

Una arquitectura de museo

Lo que ocurre con mucha de la arquitectura premiada, irreplicable, desconectada de presupuestos reales, no es un accidente. Es una postura. Una postura que asume que el valor de la arquitectura reside en su excepcionalidad, no en su pertinencia. Pero la excepcionalidad que no puede aterrizar en ningún lugar concreto termina siendo decorativa. Bella, sí. Útil para recordarnos que es posible pensar diferente, también. Pero peligrosa cuando se convierte en el modelo a seguir sin los recursos, sin el clima, sin la cultura, sin el territorio que la hicieron posible.

Aquí está el peligro real: no es la obra en sí, es la imitación ciega de la obra. El imitador que copia la forma sin entender el porqué. El estudiante que aprende a dibujar de Tadao Ando sin haber caminado nunca por un espacio de hormigón en verano en Mérida, sin saber lo que hace el calor radiante a los cuerpos dentro de esos muros.

El contexto no es un dato. Es la materia prima más importante del diseño.

El capricho premiado

Me pregunto si tiene algún valor esa arquitectura de capricho premiado. Creo que sí, pero un valor muy específico. El mismo que tienen las utopías: no para ser habitadas literalmente, sino para recordarnos hacia dónde podría ir el pensamiento si se liberara de todas las restricciones de contexto. Son provocaciones necesarias. Lo que no son, ni deberían ser, es modelos pedagógicos de primer año, ni la medida del éxito profesional.

El problema es cuando el campo confunde provocación con solución.

Premiar el capricho tiene sentido en un museo de arte contemporáneo. Premiar el capricho como arquitectura, como disciplina que transforma la vida cotidiana de personas reales, es una confusión de categorías que lleva décadas haciendo daño silencioso: arquitectos frustrados porque su obra no parece una revista, clientes que desconfían de sus propios gustos, y ciudades llenas de edificios que nadie ama porque nadie se preguntó quién iba a vivir en ellos.

La otra postura

Existe otra manera de hacer arquitectura. Una que comienza escuchando el lugar antes de proponer una forma. Que pregunta por el clima, por los materiales disponibles, por los cuerpos que van a habitar ese espacio. Por la economía real de la obra.

Eso es lo que falta en la arquitectura ego-dirigida: no valentía formal, sino humildad contextual.

En Ombligo lo llamamos arquitectura restaurativa, no porque sea nostálgica ni tradicional, sino porque parte de una premisa distinta: el diseño debe curar la relación entre las personas y su entorno, no interrumpirla con una firma. Los procesos naturales que rodean cada proyecto no son obstáculos a superar; son la información más valiosa que existe para diseñar bien.

Esto no es renuncia a la belleza ni a la innovación. Es renuncia al ego como punto de partida. Y esa diferencia, aunque parezca solo filosófica, lo cambia todo: cambia a quién le hablas cuando diseñas, qué preguntas te haces primero, qué consideras un éxito al final.